Portada del episodio Yo no sirvo para vender
Tu Marca Personal

Duración 22 min

Yo no sirvo para vender

Te seca la boca. Tienes delante a alguien que podría ser tu cliente y todo va bien hasta que te toca hablar de tu trabajo y de tu precio. Te conviertes en otra persona: te empiezas a hablar bajito, a quitarte importancia, a decir «bueno, si te interesa, ya me dices, no hay prisa». Al final sueltas un «tú mismo, piénsatelo». Sales con una mezcla de alivio y de rabia que no puedes ni mirar para arriba. Eso no es que no sepas vender. Es que tienes una idea muy equivocada de lo que es vender.

01 — La historia que te cuentas

No es que no sepas vender. Es que tienes una idea rota de lo que es vender

Vendes todo el día y se te da bien. Cuando recomiendas una serie con pasión a un amigo, identificas lo que le encaja, gestionas la objeción del «arranca un poco lento» y cierras con una llamada a la acción. Eso es una venta de manual. La haces sin sudar, con gusto, porque crees en el producto. Cuando convences a tu pareja de qué sofá comprar o consigues que tus hijos se coman el brócoli —ahí el público es hostil, así que eso ya es modo experto— también estás vendiendo.

El problema no es la habilidad. La habilidad está intacta, afinadísima. El problema es la historia que te cuentas sobre cada situación. Cuando recomiendas la serie piensas que estás compartiendo algo bueno con alguien que te importa. Te sientes generoso. Pero cuando se trata de tu trabajo, en tu cabeza se enciende otra película: «le estoy sacando el dinero», «va a pensar que soy un interesado». Te has convertido tú mismo en el malo de la historia. Y claro, te bloqueas.

02 — Vende siendo tú

Vender bien no es hablar más. Es preguntar mejor

El vendedor malo habla, habla y habla. No te escucha, te lanza el folleto a la cara. Se nota que no le importas: solo quiere colocar lo suyo. El vendedor bueno hace exactamente lo contrario: calla y pregunta. Se interesa de verdad por lo que le pasa a la persona que tiene delante, qué ha probado, qué le preocupa, cómo sería para ella la situación ideal. Y solo cuando entiende el problema de fondo conecta eso con la posible solución: «Por lo que me cuentas, creo que esto te encajaría.» Sin teatro, sin presión. Una conversación honesta entre adultos.

El cambio de chip es concreto: deja de pensar «tengo que convencer a esta persona» —eso te pone en modo combate— y empieza a pensar «voy a entender si puedo ayudarle y, si puedo, se lo digo con claridad». Si puedes ayudar, lo dices. Si no puedes, también lo dices. Y prohíbete las muletillas de la vergüenza: nada de «bueno, si quieres, sin compromiso, ya me dirás». No te hacen más amable. Te hacen menos creíble, porque le dicen a la otra persona que tú mismo no confías en lo que ofreces.

Lo que vas a hacer hoy

Dos pasos para esta semana. El primero recupera algo que ya tienes; el segundo cambia el objetivo de la próxima conversación con un posible cliente.

  • Recuerda la última vez que recomendaste algo con pasión: una serie, un restaurante, un libro. Apunta cómo te sentías, con qué soltura, sin ningún tipo de vergüenza. Esa es la energía que ya tienes dentro y que tienes que llevar a tu trabajo.
  • Cambia el objetivo en tu próxima conversación: no vas a intentar convencer a nadie. Solo preguntas y escuchas para entender de verdad su problema. Y si puedes ayudarle, se lo dices con claridad y sin disculpas.
  • Construye tu marca: la mejor venta es la que no tienes que hacer. Cada contenido que publicas demuestra tu valía por adelantado. Cuando la persona llega ya convencida, la conversación deja de ser una venta y se convierte en un «¿cómo empezamos?»

Pasa a la Acción.

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Luis Ramos
Luis Ramos Mentor de profesionales y emprendedores

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